
A mitad de la noche me despierto. El silencio reina y sólo lo interrumpe el refrescante ronroneo del aire acondicionado. En la penumbra, adivino la silueta de la polla de mi compañero de cama, rígida y palpitante bajo sus piyamas.
Con sigilo, me escurro hacia su entrepierna, descubro su polla y comienzo a chuparla. La lamo y la succiono disfrutando con fruición el fugaz instante de latrocinio sexual. Mi compañero de cama se despierta y acaricia mi cabeza mientras yo sigo chupando unos minutos más. Luego, el sueño nos vence de nuevo.
Casi amaneciendo llega el momento de la revancha. Esto no lo sé con certeza, pero entre lo nebuloso de mis sueños me parece recordar. Mi compañero de cama se ha escurrido hasta mi bulto y aprovechando la absoluta inconsciencia e indefensión de mi estado onírico, descubre mi polla para saborear su pulsante, gruesa y firme presencia. Comienza a lamerme, las venas del prepucio se me brotan aún más. Él se traga mi verga entera y yo sueño que estoy en siete paraísos.
Al amanecer, dos cuerpos tibios sobre la misma cama se entrelazan, cada uno con su cabeza reposada en la ingle del otro. La noche ha sido fantástica y sólo se oye el ronroneo refrescante del aire acondicionado.



