domingo, 26 de abril de 2009

El Amor Bonito


Hace casi seis años, un muchachito de 15 años me escribió un mensaje de texto donde me decía que quería tener algo bonito conmigo... Ese muchachito era y es Ardilla, mi esposo, mi compañero, mi felicidad... ¡Y vaya si ha sido bonito!

Ha sido bonito amanecer cada mañana teniéndolo a su lado y poder despertarlo con un beso. La ternura de un abrazo matutino y la felicidad suya cuando se duerme entre mis brazos cada noche.

Ha sido bonito cada vez que reposa su cabecita en mi pecho y yo lo abrazo y me quedo horas largas acariciando su piel y él, como un cachorrito mimado, feliz en mi regazo.

Ha sido bonito cada vez que hacemos el amor y estallamos al mismo tiempo en una apoteosis de placer y luego nos quedamos uno junto al otro, respirando agitadamente y sonriendo felices de estar juntos.

Ha sido bonito estar en la cocina preparando la comida y compartiendo miles de historias. Juntos es más fácil enfrentar las responsabilidades de un hogar y es maravilloso saber que cada uno tiene al otro para acompañarlo y ayudarlo.

Ha sido bonito conocer con él la cuarta parte de Venezuela y la mitad de España en nuestras aventuras en coche. Desde Falcón hasta Sucre y desde Galicia hasta Andalucía, juntos hemos recorrido mil pueblos y experimentado un millón de cosas bellas.

Ha sido bonito tenerlo a mi lado velando mi sueño cuando me he enfermado y velar el suyo cuando se ha sentido mal. Fui yo quien lo llevó al hospital cuando se cayó de una moto. Fue él quien me llevó aquella noche por las nubladas carreteras de un campo extrañopaisano cuando me dio una terrible colitis estando en la hacienda.

Ha sido bonito despedirlo con un beso cada mañana cuando voy a trabajar y recibirlo cada tarde con un beso cuando llega de estudiar.

Ha sido bonito, y de hecho, ha sido el momento más bonito de mi vida, pararme a su lado en el ayuntamiento, jurarle amor y poner en su dedo la alianza que simboliza nuestro matrimonio y salir del consistorio henchidos de felicidad, con los ojos brillantes de alegría, tomados de la mano en medio de una lluvia de plumas que nos lanzaban, a manera de arroz, los amigos que nos acompañaron el día de nuestra boda.

¡Mi pequeña Ardilla, te amo inmensamente! No existen palabras para expresar lo feliz que he sido contigo estos seis años. ¡Te amo, y te amaré por siempre!

~ El Oso ~

Alex, la Ardilla y el Oso

¡Ey, no seáis mal pensados, que no pasó nada de sexo!

Ayer nos encontramos con Alex en un sitio de chueca y estuvimos hablando muy entretenidos por casi cuatro horas. Alex es un chico encantador y mucho más guapo en persona que en foto. Me encanta su sinceridad y su elocuencia.

Estuvimos en un cfaé que se llama BAires. El sitio no es malo, pero estaría mucho mejor con una buena ventilación. ¡Odio el humo! Además, como a eso de las 10:30 alguien estaba fumando porros. Eso no me gustó. Si ya detesto ser fumador de tabaco pasivo, tanto más serlo de porros.

Están mejor las terrazas de la placita de chueca. Para la próxima nos quedamos en una de esas.

Alex: ¡Muchas gracias por abrirnos la puerta de tu amistad. Nos encantó pasar este rato contigo y esperamos que se repita pronto!

sábado, 25 de abril de 2009

Sexo, amor y la historia de un ninfómano adolescente

Uno de los primeros trabajos que tuve cuando me gradué fue como profesor en una universidad privada, donde dictaba el curso de introducción a la informática para los chavales de primer año. ¡Nunca en mi vida había visto yo tantos niños hermosos juntos como en ese salón de clases!

Estaba, por ejemplo, un niño de ojos azules y cabello negro que se llamaba Danny, aunque no tenía nada que ver con los Dannys que vinieron antes ni después (porque, hasta aquél terrible año en que los conjuré a fuerza de tener sexo con chicos de otros nombres, mi vida estuvo llena de Dannys y Danieles).

Había otro, delgado y muy atractivo, que se decoloraba el cabello hasta dejárselo casi completamente blanco. Y otro, un mulato bajito con la piel perfecta, ojos grandes, verdes y atigrados y nalgas espectaculares que se llamaba Michael. ¡Paremos de contar!

Corría el año 1996 y en el extraño país donde me tocó nacer la internet comenzaba a convertirse en un medio de uso masivo y aparecieron aquellos fantásticos módem de 14.400 bps, que sería unas 70 veces más lento que una conexión ADSL estándar de las de ahora y unas 700 veces menos de lo que tengo en mi casa, pero en aquella época eran la leche.

Yo había sido usuario de internet desde 1990, año en que cursé el primero de los laboratorios en la universidad donde era necesario programar bajo UNIX —una versión antigua y no gratuita de Linux—así que fui de los primeros en apuntarme al internet privado, por el cual pagaba la friolera de la cuarta parte de mi sueldo de recién graduado en interregno.

En aquella época, en vez de existir miles de salas de chat en distintos sitios web, existían dos o tres comunidades de chat, todas basadas en el protocolo IRC. En una de ellas —dalNet— fue donde conocí a Oreo, Furry, Jes, Car, y muchas otras personas, algunos de los cuales hoy día siguen siendo mis amigos. Allí también conocí a Berny, un jovencito sumamente inteligente, de cabello liso y dorado que no había llegado ni siquiera a los 16 años.

De Berny me enamoré incluso antes de ver lo hermoso que era en persona. Cuando sólo hay inexperiencia y deseo en el alma, uno se enamora del primer imbécil atractivo que le da conversación; y eso me pasó a mí con Berny. Además, tocaba piano. ¡Todo el mundo conoce ya mi debilidad por los músicos!

A mitad de una clase con mis muchachos de la universidad sonó mi móvil. Era Berny para decirme que estaba solo en su casa y preguntarme si quería ir a visitarlo. Le expliqué que estaba dando clases y que lo llamaría al terminar, y así lo hice. Treinta minutos después estaba en su casa, emocionado y aterrorizado al mismo tiempo, contemplando su dorada cabellera y su hermosa y suave barriguita.

En el jardín delantero de su casa nos pusimos a hablar; y como siempre pasa cuando dos personas se gustan y están solas, la conversación comenzó a subir de tono, de temperatura y de color. Miré el reloj y eran las 6 de la tarde, sus padres podían llegar en cualquier momento así que le dije que era momento de irme, y él estuvo de acuerdo.

Ya en la puerta de la verja le pregunté si no me iba a regalar un beso y entonces él me cogio de la mano y me dijo "¡Ven!". Me llevó por fuera de su casa, hacia el patio trasero, y allí me empujó contra una pared y comenzó a besarme, literalmente, como nadie me había besado en la vida. ¡Sus besos eran estupendos y yo me sentía en la gloria! La polla se me puso inmensa y dura como un hierro. Ahí estaba yo: caliente como un horno besándome con el niño que personificaba mi estereotipo de perfección.

Comenzamos a manosearnos, yo a él y él a mi polla, y el fuego de la pasión pudo más que la lógica y el miedo. Entonces Berny me llevó a un baño que quedaba en la parte trasera de su casa, en el exterior, y allí nos desnudamos apresuradamente. Berny me hizo la primera chupada de mi vida y yo me sentía explotar de deseo y de felicidad; también me enseñó las primeras lecciones en el arte de mamar. Intentamos pasar a mayores, pero sin lubricante, ni condón, aquello iba a ser un desastre ¡Y realmente lo fue!

En ese momento miré el reloj y el miedo y la cordura regresaron a mi mente y le dije que mejor dejáramos el resto para otra oportunidad. Nos vestimos y salimos del bañito sigilosamente. Él se adelantó para asegurarse de que no había moros en la costa y a una señal suya, me largué de su casa apresuradamente, sin saber que también me estaba largando de su vida.

Berny resultó ser uno de estos adolescentes que llevan la pasión en la sangre y que son incapaces de pasar un día completo sin follar y mientras para mí él era el muchacho de mis sueños, yo sólo era uno de una larga lista de hombres para el sexo que llenaban los intersticios que las obligaciones universitarias de su novio oficial dejaban en su voraz apetito sexual.

Cuando tuve consciencia de ello me desmoroné, y con la misma prisa que antes me había enamorado comencé a odiarlo con un odio tan amargo que sólo la ternura que sentí por el siguiente Danny de mi vida pudo curar como un linimento salutífero.

No hubo segunda vez. Berny dejó de hablarme y yo seguía las pistas de su vida por los comentarios de Oreo, Car y otros amigos en común. Eventualmente lo olvidé, pero Berny me enseñó una de las lecciones más importantes para un gay: la diferencia entre sexo y amor.

miércoles, 22 de abril de 2009

Oscurantismo y Renacimiento


Como Europa tuvo su Oscurantismo en la Edad Media, yo también tuve mis años de represión entre el final de la adolescencia y el comienzo de la madurez. ¿Qué conjunto de circunstancias hacen que un hombre se encierre dentro de sí mismo y se recluya como un monje de clausura hasta el extremo de negar su propia sexualidad, sus ansias, sus anhelos y sus deseos? Posiblemente la más poderosa es sentirse feo, pero también la combinación de sentimientos de culpa, un contexto social que criminaliza el sexo entre hombres y además está lleno de estereotipos y prejuicios.

Ese conjunto de circunstancias fue lo que hizo que yo, a los dicesiéis años, cerrara la puerta de mi armario. —¡Vale, soy gay!— me dije, por fin, después de argumentar conmigo mismo por dos años, negándome la realidad. Y de inmediato agregue: —¡Joder, soy gay! ¡Qué puñetera putada!— Me maldije a mí mismo y cerré la puerta de mi armario.

Al año siguiente se terminó el bachillerato y me largué Valencia, donde crecí, a la impredecible y violenta Caracas, llena de niños, muchachos y hombres bellos, de los que me alejaba siempre, lleno de complejos e inseguridad. Después que el incendio de mi alma y mi cuerpo por Pedrito se apagó, otras llamas se fueron encendiendo de tiempo en tiempo, y no fueron pocos los varones que se metieron en mis sueños y me hicieron despertar en medio de una mancha de pasión exhausta... ¡Pero de eso tema de otro post.

El Da Vinci de mi renacimiento se llamaba Danny. Lo conocí poco después de terminar la universidad, en el interregno que a los veintitantos tiene uno cuando deja la vida auniversitaria pero todavía no se ha independizado y regresa al hogar materno. Era un niño blanco, moreno, de unos dieciséis años, de mi estatura, cuerpo atlético y un culo espectacular, redondo y paradito, cabello liso, negro, brillante y suave, peinado con la raya al medio.

Si mi apetencia por el rubio Pedrito a los catorce años era incontrolable, la pasión que me despertaba Danny era una tortura. Una tortura acicateada por ocho años de represión y pánico, por mi propia cobardía y mi incapacidad para entender los sutiles signos de la seducción. ¡Dios, cómo me odiaba a mí mismo! Odiaba mis dientes, un poco salidos, odiaba mi quijada y sobre todo odiaba mi panza obesa y mórbida.

Sí. Danny obró un renacimiento en mi: el doloroso renacimiento del deseo, el ardor de verlo cada tarde en el club, de jugar con él una partida de billar, la insoportable angustia cuando se sentaba a mi lado compartiendo un puff y su brazo lampiño rozaba mi piel y se aletargaba como un gatito buscando calor sin saber que me estaba matando de pasión por dentro.

¡Tenía que hacer algo! Aquella pasión me iba a matar y decidí que tenía que decirle a ese chico que lo amaba, que lo deseaba; y aunque todo me advertía que era una locura, lo enfrenté. Aquél había sido un día lluvioso. Le dije que necesitaba hablar con él, hablar con él en privado. Él convino, y nos fuimos paseando por los prados del campo de golf del club. Creo que fue en una arboleda camino al hoyo cuatro que lo confesé:

— Danny — le dije — Por favor perdona que te diga esto, y no espero que me respondas nada, pero necesito decírtelo... estoy enamorado de ti.

Danny abrió sus ojos negros, profundos, y me miró con sorpresa, y como si fuera para conjurar el momento, los altavoces del campo de golf vocearon una llamada telefónica para él. Comenzamos a caminar hacia la casa-club y no sé ni de qué manera, resbalé y me caí, manchándome de barro hasta las orejas.

¡Me sentía fatal! Todo manchado de barro y de vergüenza me dirigí a mi coche con la intención de largarme de aquel sitio, no sin antes avisarle a mi hermano pequeño que me iba y preguntarle si se quedaba en el club o se iba conmigo.

De Danny no volví a saber. De nuevo, las circunstancias de la vida me alejaron del objeto de mi pasión y mi deseo, pero la revolución había empezado en mi alma y era tiempo que el oscurantismo llegara a su fin. Aquel acto de valentía desencadenó en mí una serie de transformaciones que eventualmente me condujeron a descubrir el amor, el sexo y el placer.

Ese año fue el de mi autodescubrimiento: perdí 30 kilos de peso, comencé mi tratamiento de ortodoncia y con ayuda de mi amigo y terapeuta, Martín de Talavera, logré desbloquear mis prejuicios y mis complejos y desbaratar los mapas mentales que me encasillaban en una conducta autorrepresiva y vejatoria.

Un año después volví a ver a Danny. Fui a acompañar a mi madre a un centro comercial que quedaba cerca de su casa y lo vi pasar cuando estaba aparcando el coche. El corazón se me aceleró. Salí del coche y lo llamé: ¡Danny!

Danny me vio y a duras penas pudo reconocerme.

—¿Oso? ¡Oso! ¡Estás... Delgado!

Sí, estaba delgado, y además, un año en el gimnasio me habían redondeado los bíceps y endurecido los pectorales. Ese día cargaba una polo de rayas amarillas, blancas y azules que me quedaba ajustada y me resaltaba la musculatura. Danny me miraba de arriba a abajo, no podía creer lo que sus ojos le mostraban.

Hablamos un rato allí en la calle. La conversación iba subiendo de temperatura, aunque no recuerdo exactamente qué nos dijimos. Danny seguía siendo un muchacho espectacularmente bello, y el aire de chico universitario lo hacía todavía más apetecible y entonces, sin aviso previo y sin más provocación, Danny me invitó a su casa.

¡Y hubiera aceptado con gusto! Sí, hubiera aceptado de no ser porque mi madre había terminado sus compras y se acercaba peligrosamente al sitio donde estábamos los dos hablando.

Le estreché la mano con firmeza. La suya estaba cálida. Le regalé mi mejor sonrisa y me despedí de él:

— ¡Será otra vez, querido Danny, será otra vez!

martes, 21 de abril de 2009

Los Audaces



Aviso: Puede que las historias que voy a contar sean parcialmente ficticias para preservar la intimidad, así como la integridad física y moral de los protagonistas.




Hoy, mientras hablaba con un amigo, surgió el tema de las diferencias entre las actitudes sexuales de los latinoamericanos y los españoles. Mi amigo sostenía que los latinoamericanos somos más desinhibidos y estamos más dispuestos para el sexo, mientras los españoles son más comedidos.

Yo no estoy muy seguro de que eso sea cierto. Los latinoamericanos somos, en todo caso, más polite, más modosos, pero no creo que seamos más directos que los españoles, al menos no en lo tocante al sexo. Lo que sí creo es que los jóvenes españoles están menos abiertos y dispuestos a entablar una relación de cualquier tipo —amistad, sexo o amor— con alguien que les lleve más de cinco años. Las razones, creo yo, son poblacionales además de culturales.

He aquí las historias, para que tengáis una idea de cómo son los chicos aquí y allá.

El chico que no me calentó la polla.

Ahí venía yo, caminando y caminando por la calle desde la estación de metro de Los Dos Caminos. Hacía calor —como es natural en la extraña y tropical ciudad donde vivía— y yo sudaba como un cerdito. Llegando a la esquina, venía de frente un chiquilín. Tendría unos trece años, no más... con su uniforme escolar azul, obligatorio para todos los estudiantes extrañopaisanos entre el 7º y el 9º grado, lo que en España serían los tres primeros años de la ESO.

Me miró. Yo le respondí la mirada. Siempre he sido muy mirón, y cuando un varón me mira directamente a los ojos yo le mantengo la vista; y no es porque sea descarado, es algo que no puedo evitar, un acto reflejo y natural en mí. Me gustan los ojos, me fascina lo que expresan, la forma como hablan locuazmente de todo lo que la boca calla, y lo que me decían aquellos ojos cafés en aquella cara trigueña e infantil era que le gustaba.

Llegué a la esquina y esperé el cambio de luz del semáforo y un par de segundos después me di cuenta que el chiquillo había cambiado su rumbo y ahora estaba parado a mi lado. Levanté una ceja.

— ¡Hola! — me dijo el pequeñín. Yo me quedé un poco cortado, pero le devolví el saludo. Mi mente comenzó a escrutar los archivos de la memoria tratando de averiguar dónde lo había visto.

— Hola — Le dije. —¿De qué te conozco?

— No me conoces, lo que pasa es que yo estudio en el instituto que queda frente a tu casa... y... tú me gustas... —Una pausa, un silencio tenso. —¿Por qué no me invitas a tu casa? ¡Quiero tocarte la polla!

— ¡Jajajaja! — Mi risa fue auténtica y nerviosa. — Mira chico, tú no estás nada mal, pero resulta que tengo pareja — le dije mientras le mostraba el anillo de acero que había intercambiado con Ardilla el día que le pedí que nos casáramos.

— ¿Estás casado? ¿Tienes mujer?

— No, pero tengo un chiquillo al que adoro y que me quiere a mi.

— ¡Pero él no tiene que enterarse! — protestó el niño.

— ¡Jajajaja! — Otra risa estrepitosa y llena de nerviosismo — ¡Mejor me voy!

El chico que sí me calentó la polla.


Cogí el tren en Las Rozas para ir a Madrid. Era una tarde de verano, de uno de esos veranos impertinentes que sólo he conocido en la península de los conejos. Los caribeños no somos capaces de imaginar el verano ibérico... al salir a la calle es como si te echaran en la cara el aire de un secador de pelo, la piel se te escama como la de un lagarto, los ojos se te secan y hasta la boca se te pone insoportablemente pastosa si no estás frecuentemente rehidratándote... y en ese tipo de veranos la gente anda en sandalias, pantalonetes cortos y camiseta sin mangas. Justamente así andaba vestido un chavalín de unos doce años, blanco, moreno, con ese corte de pelo tan madrileño y tan veraniego, muy corto a los lados y alborotado en la cresta. Dos ojos negros, profundos, como azabaches. Cojo el último asiento libre en el vagón y quedo sentado justo frente a este niño espectacular. A su derecha, un hombre de mi edad que me pareció era el padre.

Otra vez el juego de miradas. Esta vez fui yo quien comenzó, debo confesarlo. El pequeño era realmente hermoso y esta vez fue él quien me sostuvo la mirada. Se puso las gafas de sol. Yo lo seguía mirando, un poco atontado. Me sentí ruborizar, y él sonrió con una media sonrisa, casi con prepotencia. Yo bajé la vista, azorado.

Cuando la levanté, el muy pilluelo me hizo un gesto: entreabriendo su pequeña y suculenta boca dejó salir la punta de la lengua y la puso junto a una de las comisuras, y eso, aquí y en Pekín significa quiero follar contigo.

¡La madre que lo parió! ¡El mocoso logró que me empalmara en el tren de cercanías! Entonces comencé a sospechar que el hombre que lo acompañaba no era el padre, sino, tal vez, un amigo. La situación me pareció excesivamente peligrosa, así que me levanté y me cambié de vagón. El resto del viaje lo hice, literalmente, parado.



Quiero decir que no soy un tipo especialmente guapo. Los que me han visto en fotos saben que soy un oso, nada feo, pero tampoco bello; y no creo que estas experiencias me ocurran por ser guapo, sino posiblemente por mi desparpajo al mirar.

Las que he contado son sólo dos historias de muchas que me han pasado, tanto en el extraño país como en Madrid. Una breve pasada a mi memoria para hacer una lista, desde el año 1997 hasta hoy: Un chavalote de unos 17 años que estaba jugando baseball en un parque en Valencia; otro de 16 que conocí en un centro comercial, también en Valencia, y con quien salí un par de veces; Robert, que tenía 20 años, lo conocí en un centro comercial en Caracas y llegamos a ser buenos amigos; un pequeñín de unos 14 años que me estuvo siguiendo en el centro comercial donde estaba mi oficina porque creyó que yo estaba chanceando (buscando sexo); otro pequeñín de unos quince años que se acercó a mi en las protestas contra la dictadura extrañopaisana en el año 2001, resultó ser conocido de mi amiga Celia, y cuando ella me lo presentó tuvimos que fingir que no nos conocíamos; un chavalín unos 15 años, moreno, que me abordó en el tren de cercanías por la estación del Pinar y llevaba un violín y su mochila del instituto; otro chavalín de unos 17 años, rubio, alto y con incipiente mostacho que me abordó en la estación del tren de Las Rozas y finalmente otro de unos 14 años que me gritó ¡Qué guapo! mientras pasaba frente al portal de mi casa.

En este mundo, queridos amigos, hay de todo y para todos. Lo importante es mantener la mirada atenta, el corazón dispuesto para querer y la mente abierta para experimentar.

¡Besos!

~ El Oso ~

lunes, 20 de abril de 2009

Amores Platónicos

A lo largo de la vida uno llega a ver en persona, en fotos o en películas niños tan hermosos que lo dejan a uno lelo.

Si bien mis primeros amores imposibles fueron de carne y hueso, luego comenzaron a florecerme los platónicos. Uno de esos primeros amores platónicos, completamente idealizados pero no por ello menos mortificantes fue Ralph Macchio, el niño de Karate Kid. ¿Qué edad tendríamos, pequeño Osito de hace 25 años? ¿Unos 15, tal vez, cuando vimos Karate Kid?

¡Diossssss! ¡Cómo me hubiera gustado hacerle de todo a ese niño, o incluso, que él me lo hiciera a mí! ¡Y esto muy a pesar que en esa época yo pensaba que mi culo tenía que ser inexpugnable como un búnker nazi!

Lo más curioso es que ese niño era diez años mayor que yo... Sí, en esta foto el precioso Ralph tenía 24 años.

A él quiero recordarlo así, como era cuando hizo Karate Kid, con esos ojazos como avellanas; y sacar completamente de mi mente la imagen de la grande y torcida nariz que le creció cuando se hizo hombre.

Poco después comenzó en la tele una serie que se llamaba ¿Quién manda a quien? y la protagonizaba Tony Danza. ¡Cuántas veces deseé ser Danny Pintauro para que ese hombrote que era Tony me alzara en brazos!

Por cierto que Danny, que era un niñito pequeño en esa época, salió del closet cuando cumplió dieciséis años y habla de Tony con adoración.

Después vino la serie Home Improvement, que en España fue conocida como Un manitas en casa... la verdad es que las primeras temporadas me fueron totalmente indiferentes, pero en las dos últimas descubrí a una de las criaturas más bellas que ha pisado la tierra y que se llama Jonathan Taylor Thomas.

Hablamos de 1998, cuando ya yo era un muchachote de casi treinta, pero JTT se convirtió en mi paradigma de la belleza adolescente, objeto de mis más secretos deseos y de mis placeres eróticos solitarios, y así se hubiera quedado por muchos años si no hubiera conocido a Daniel... Pero la historia de Daniel es tema de otro post.

Hasta aquí, todo lo dicho es historia, pero ahora voy a confesar algo muy íntimo y profundo: ¡Estoy enamorado!

¡Jajajaja, por supuesto que estoy enamorado de mi pareja, pero esa no es la confesión que os iba a hacer! Estoy platónicamente enamorado de un niño que se llama Rubén S. (oculto el apellido para evitar enlaces indeseados, porque es famosillo el peque).

Rubenín toca el mismo instrumento que yo tocaba hace veinte años en la banda, sólo que lo hace muuuucho mejor que yo, y tiene unas mejillas regordetas que apetece morderlas. Todo él dan ganas de comérselo a besos; y tiene, para colmo, esa mirada de picardía y un aire de ser más dulce que un caramelo.

Naturalmente, estos son amores de fantasía... como cuando los heteros ven a a Jessica Alba o a Eva Langoria y se quedan embobados... ¡Pero para qué os digo esto? Se supone que vosotros sois mis colegas y entendéis de lo que hablo... Lo que en verdad quiero decir es que si tuviera a Rubenín en frente se me aflojarían las ligas de las bragas como a cualquier quinceañera... ¡Diossss! ¡Qué encanto de niño!

Besos,

~ El Oso ~

El muchacho guapo

A mis catorce años yo era un muchacho guapo, pero yo no lo sabía. Estaba, eso sí, un pelín pasado de peso; pero ahora que soy mayor y veo las fotos del colegio con mis compañeros de curso me doy cuenta que lo era... ciertamente no el más bello, como tampoco el que sacaba las notas más altas, pero, lo mismo que con las calificaciones, estaba en el cuadro de honor, entre los cinco primeros.

¡Ay, Osito de hace 25 años! ¡Cómo te habría saboerado este osote de casi cuarenta! ¡Estabas tiernito y bello, con esos ojazos grandes y expresivos, incapaces de mentir y ese color y esa mirada, los dos como la miel! ¡Y tú, cómo te habrías asustado! ¿O tal vez no? Tú y yo, mi querido Osito de hace 25 años compartimos esos recuerdos secretos y sabemos cómo nos gustaban algunos mayorcetes... pero eso es tema de otro post, así que guardemos el secreto un poco más...

Yo estaba perdidamente enamorado de Pedrito. Así se llamaba ese niño rubio, de piel suave y nalgas perfectas que vivía en el piso siete del mismo edificio que yo, y mi relación con él era de amor-odio: a veces yo lo amaba, y él me odiaba a mi, y otras era yo quien lo odiaba... con la rencorosa fuerza del que desea y no puede tener, la fuerza del hombre que latía dentro de mi a los catorce años: apasionado, inquito, soñador; y entonces era él quien me quería.

Pedrito jugaba a ser mi novia. Supongo que novia porque en nuestra mente de los ochenta tempranos (cuando algunos de vosotros ni pensábais en nacer) dos chicos no podían ser novio y novio, así que él asumía en juegos el rol de nenita y se sentaba en mis piernas; y a mi se me ponía la polla inmensa y dura. Yo no hacía más que acariciarlo y embriagarme con su olor. ¡Lo deseaba! Deseaba lamer cada parte de su piel perfecta, deseaba sus labios tiernos y sus manazas rechonchas, sus uñas mal cortadas y hasta sus frenillos.

A mi siempre se me dio bien la música. Desde los once años estuve al mismo tiempo en la coral, tocaba la trompeta en la banda del colegio y estudiaba la guitarra. Por eso mi corazón comenzó a dar vuelcos de alegría cuando mi amado Pedrito decidió apuntarse a la banda de su colegio y comenzó a estudiar trombón.

¡Ese uniforme caqui y verde le quedaba estupendo, y la colita de la guerrera le resaltaba las preciosas nalgas que tenía! Yo lo adoraba. Simplemente, era incapaz de dejar de mirarlo cuando se enfundaba su uniforme, y él jugueteaba con mis medallas y mis caponas de brigadier cuando yo me ponía el mío: guerrera y quépis vinotinto con pantalón blanco. ¡Qué alegría la suya cuando le dieron su primera medalla!

Pero sin uniforme, y más aún, completamente sin ropas estuvimos Pedrito y yo una vez. Por una sola, primera y última vez tuve su cuerpo pegado al mío, y su piel completamente desnuda haciendo arder las brasas de mi piel, y entonces cometí el error más grande de mi vida: le dije que lo amaba y le pedí un beso.

Pedrito se espantó, me dijo que él no era marico y se vistió a toda prisa dejándome a mi rojo de pasión y de vergüenza.

Poco tiempo después, la familia de Pedro decidió mudarse del edificio y ya no nos veíamos como antes, sólo en aquellas ocasiones en que tocaban juntas la banda de su colegio y la del mío.

Al año siguiente y estando yo en 1º de Diversificada, lo que en España sería 1º de Bachillerato, me nombraron Comandante de la Banda del Colegio. Yo hubiera cambiado todas mis medallas y rangos por tener el cariño de Pedrito, porque aquella admiración que me tenía se convirtió en desplantes y chulería burlona desde que supo que lo amaba...

Y así seguí sufriendo, enamorado de él, durante cinco años más, hasta que la universidad y la piel de otro chico me sacaron a Pedro del alma, pero aún faltaba mucho tiempo para que este Oso libara del elixir del placer del sexo compartido...

¡Y eso será materia de otro post!

Besos,


~ El Oso ~

domingo, 19 de abril de 2009

Las Primeras Pajas del Verano


Las primeras pajas del verano se me vinieron encima aquel agosto en que pasé de octavo para noveno grado, justo después de cumplir 14, y con esas pajas también llegó el maldito desequilibrio en mis cuerdas vocales... ¡Yo que andaba en cosas de canto desde los 11 años y que pensaba que iba a tener una transición suave! Fue como una maldición... como si fuera un castigo mandado directamente por las horribles monjas que educaron a mi madre por el libidinoso pecado de pajearme... ¡y además, por ateo!

Así pues, mis pajas y mis gallos vocales empezaron casi al mismo tiempo. Las primeras en la soledad del baño y las segundas en todas partes, para mi desazón y mi vergüenza, tanta que decidí abandonar la coral del colegio.

Una vez estaba yo en la intimidad de mi baño, dale que dale julepe con el agua de la ducha cayendo y en eso suenan golpes en la puerta: ¡TOC TOC TOC! ¡OSO! ¡SAL INMEDIATAMENTE! ¡SÉ LO QUE ESTÁS HACIENDO!

¡Maldito el momento! ¿A qué madre en su sano juicio se le ocurre jugar con la salud mental de un hijo de esa forma? ¡Pues sí, a ella, mi piadosa madre! ¿Y para qué sirvió eso? Si lo que quería la piadosísima madre mía era que no me pajeara más en la vida, lo que consiguió fue hacerme experto en pajas rápidas, de tres minutos... y echarme encima, además de la paja diaria —costumbre que no dejé hasta muchos años después, cuando ya estaba graduado de Ingeniero— un horrible sentimiento de culpa.

La vida secreta

Bueno... ¿Y por qué abrir un blog sobre la vida secreta del oso? Pues muy simple, el otro es para cosas serias, y lo lee mi familia, y se molestan cuando digo que soy homosexual... así que para salvaguardar a mis padres de lo horrible que les resultan mis mariconadas decidí abrir este espacio, más íntimo, si se quiere, y a la vez más abierto.

Comencemos por el principio... soy un oso que ronda los cuarenta años. Nací y crecí en un pueblo de latinoamérica y mi madre, que era educada en colegio de monjas, me traumatizó y me llenó de ideas perniciosas acerca de la homosexualidad, o más bien sobre la sexualidad en general.

No sé desde qué edad supe que era gay, sólo sé que cuando amanecí a mi sexualidad, ya entrado en los catorce años, me masturbaba pensando en chicos... y cuando trataba de obligar a mi mente a pensar en niñas, me daba un asco increible y se me quitaban las ganas.

¿Qué se abre en el futuro de este blog? Muchas confesiones e intimidades sobre mi vida, mi sexualidad y mis sentimientos. Espero que os guste incluso más que el otro, que es el blog serio y recatado donde no se dicen ciertas cosas que si voy a decir aquí, para el disfrute de vuestras mentes morbosas :-)

Besos

~ El Oso ~