Aviso: Puede que las historias que voy a contar sean parcialmente ficticias para preservar la intimidad, así como la integridad física y moral de los protagonistas.
Hoy, mientras hablaba con un amigo, surgió el tema de las diferencias entre las actitudes sexuales de los latinoamericanos y los españoles. Mi amigo sostenía que los latinoamericanos somos más desinhibidos y estamos más dispuestos para el sexo, mientras los españoles son más comedidos.
Yo no estoy muy seguro de que eso sea cierto. Los latinoamericanos somos, en todo caso, más
polite, más modosos, pero no creo que seamos más directos que los españoles, al menos no en lo tocante al sexo. Lo que sí creo es que los jóvenes españoles están menos abiertos y dispuestos a entablar una relación de cualquier tipo —amistad, sexo o amor— con alguien que les lleve más de cinco años. Las razones, creo yo, son poblacionales además de culturales.
He aquí las historias, para que tengáis una idea de cómo son los chicos aquí y allá.
El chico que no me calentó la polla.
Ahí venía yo, caminando y caminando por la calle desde la estación de metro de Los Dos Caminos. Hacía calor —como es natural en la extraña y tropical ciudad donde vivía— y yo sudaba como un cerdito. Llegando a la esquina, venía de frente un chiquilín. Tendría unos trece años, no más... con su uniforme escolar azul, obligatorio para todos los estudiantes extrañopaisanos entre el 7º y el 9º grado, lo que en España serían los tres primeros años de la ESO.

Me miró. Yo le respondí la mirada. Siempre he sido muy mirón, y cuando un varón me mira directamente a los ojos yo le mantengo la vista; y no es porque sea descarado, es algo que no puedo evitar, un acto reflejo y natural en mí. Me gustan los ojos, me fascina lo que expresan, la forma como hablan locuazmente de todo lo que la boca calla, y lo que me decían aquellos ojos cafés en aquella cara trigueña e infantil era que le gustaba.
Llegué a la esquina y esperé el cambio de luz del semáforo y un par de segundos después me di cuenta que el chiquillo había cambiado su rumbo y ahora estaba parado a mi lado. Levanté una ceja.
— ¡Hola! — me dijo el pequeñín. Yo me quedé un poco cortado, pero le devolví el saludo. Mi mente comenzó a escrutar los archivos de la memoria tratando de averiguar dónde lo había visto.
— Hola — Le dije. —¿De qué te conozco?
— No me conoces, lo que pasa es que yo estudio en el instituto que queda frente a tu casa... y... tú me gustas... —Una pausa, un silencio tenso. —¿Por qué no me invitas a tu casa? ¡Quiero tocarte la polla!
— ¡Jajajaja! — Mi risa fue auténtica y nerviosa. — Mira chico, tú no estás nada mal, pero resulta que tengo pareja — le dije mientras le mostraba el anillo de acero que había intercambiado con Ardilla el día que le pedí que nos casáramos.
— ¿Estás casado? ¿Tienes mujer?
— No, pero tengo un chiquillo al que adoro y que me quiere a mi.
— ¡Pero él no tiene que enterarse! — protestó el niño.
— ¡Jajajaja! — Otra risa estrepitosa y llena de nerviosismo — ¡Mejor me voy!
El chico que sí me calentó la polla.

Cogí el tren en Las Rozas para ir a Madrid. Era una tarde de verano, de uno de esos veranos impertinentes que sólo he conocido en la península de los conejos. Los caribeños no somos capaces de imaginar el verano ibérico... al salir a la calle es como si te echaran en la cara el aire de un secador de pelo, la piel se te escama como la de un lagarto, los ojos se te secan y hasta la boca se te pone insoportablemente pastosa si no estás frecuentemente rehidratándote... y en ese tipo de veranos la gente anda en sandalias, pantalonetes cortos y camiseta sin mangas. Justamente así andaba vestido un chavalín de unos doce años, blanco, moreno, con ese corte de pelo tan madrileño y tan veraniego, muy corto a los lados y alborotado en la cresta. Dos ojos negros, profundos, como azabaches. Cojo el último asiento libre en el vagón y quedo sentado justo frente a este niño espectacular. A su derecha, un hombre de mi edad que me pareció era el padre.
Otra vez el juego de miradas. Esta vez fui yo quien comenzó, debo confesarlo. El pequeño era realmente hermoso y esta vez fue él quien me sostuvo la mirada. Se puso las gafas de sol. Yo lo seguía mirando, un poco atontado. Me sentí ruborizar, y él sonrió con una media sonrisa, casi con prepotencia. Yo bajé la vista, azorado.
Cuando la levanté, el muy pilluelo me hizo un gesto: entreabriendo su pequeña y suculenta boca dejó salir la punta de la lengua y la puso junto a una de las comisuras, y eso, aquí y en Pekín significa
quiero follar contigo.
¡La madre que lo parió! ¡El mocoso logró que me empalmara en el tren de cercanías! Entonces comencé a sospechar que el hombre que lo acompañaba no era el padre, sino, tal vez, un amigo. La situación me pareció excesivamente peligrosa, así que me levanté y me cambié de vagón. El resto del viaje lo hice, literalmente, parado.
Quiero decir que no soy un tipo especialmente guapo. Los que me han visto en fotos saben que soy un oso, nada feo, pero tampoco bello; y no creo que estas experiencias me ocurran por ser guapo, sino posiblemente por mi desparpajo al mirar.
Las que he contado son sólo dos historias de muchas que me han pasado, tanto en el extraño país como en Madrid. Una breve pasada a mi memoria para hacer una lista, desde el año 1997 hasta hoy: Un chavalote de unos 17 años que estaba jugando baseball en un parque en Valencia; otro de 16 que conocí en un centro comercial, también en Valencia, y con quien salí un par de veces; Robert, que tenía 20 años, lo conocí en un centro comercial en Caracas y llegamos a ser buenos amigos; un pequeñín de unos 14 años que me estuvo siguiendo en el centro comercial donde estaba mi oficina porque creyó que yo estaba
chanceando (buscando sexo); otro pequeñín de unos quince años que se acercó a mi en las protestas contra la dictadura extrañopaisana en el año 2001, resultó ser conocido de mi amiga Celia, y cuando ella me lo presentó tuvimos que fingir que no nos conocíamos; un chavalín unos 15 años, moreno, que me abordó en el tren de cercanías por la estación del Pinar y llevaba un violín y su mochila del instituto; otro chavalín de unos 17 años, rubio, alto y con incipiente mostacho que me abordó en la estación del tren de Las Rozas y finalmente otro de unos 14 años que me gritó
¡Qué guapo! mientras pasaba frente al portal de mi casa.
En este mundo, queridos amigos, hay de todo y para todos. Lo importante es mantener la mirada atenta, el corazón dispuesto para querer y la mente abierta para experimentar.
¡Besos!
~ El Oso ~