
Como Europa tuvo su Oscurantismo en la Edad Media, yo también tuve mis años de represión entre el final de la adolescencia y el comienzo de la madurez. ¿Qué conjunto de circunstancias hacen que un hombre se encierre dentro de sí mismo y se recluya como un monje de clausura hasta el extremo de negar su propia sexualidad, sus ansias, sus anhelos y sus deseos? Posiblemente la más poderosa es sentirse feo, pero también la combinación de sentimientos de culpa, un contexto social que criminaliza el sexo entre hombres y además está lleno de estereotipos y prejuicios.
Ese conjunto de circunstancias fue lo que hizo que yo, a los dicesiéis años, cerrara la puerta de mi armario. —¡Vale, soy gay!— me dije, por fin, después de argumentar conmigo mismo por dos años, negándome la realidad. Y de inmediato agregue: —¡Joder, soy gay! ¡Qué puñetera putada!— Me maldije a mí mismo y cerré la puerta de mi armario.
Al año siguiente se terminó el bachillerato y me largué Valencia, donde crecí, a la impredecible y violenta Caracas, llena de niños, muchachos y hombres bellos, de los que me alejaba siempre, lleno de complejos e inseguridad. Después que el incendio de mi alma y mi cuerpo por Pedrito se apagó, otras llamas se fueron encendiendo de tiempo en tiempo, y no fueron pocos los varones que se metieron en mis sueños y me hicieron despertar en medio de una mancha de pasión exhausta... ¡Pero de eso tema de otro post.
El Da Vinci de mi renacimiento se llamaba Danny. Lo conocí poco después de terminar la universidad, en el interregno que a los veintitantos tiene uno cuando deja la vida auniversitaria pero todavía no se ha independizado y regresa al hogar materno. Era un niño blanco, moreno, de unos dieciséis años, de mi estatura, cuerpo atlético y un culo espectacular, redondo y paradito, cabello liso, negro, brillante y suave, peinado con la raya al medio.
Si mi apetencia por el rubio Pedrito a los catorce años era incontrolable, la pasión que me despertaba Danny era una tortura. Una tortura acicateada por ocho años de represión y pánico, por mi propia cobardía y mi incapacidad para entender los sutiles signos de la seducción. ¡Dios, cómo me odiaba a mí mismo! Odiaba mis dientes, un poco salidos, odiaba mi quijada y sobre todo odiaba mi panza obesa y mórbida.
Sí. Danny obró un renacimiento en mi: el doloroso renacimiento del deseo, el ardor de verlo cada tarde en el club, de jugar con él una partida de billar, la insoportable angustia cuando se sentaba a mi lado compartiendo un puff y su brazo lampiño rozaba mi piel y se aletargaba como un gatito buscando calor sin saber que me estaba matando de pasión por dentro.
¡Tenía que hacer algo! Aquella pasión me iba a matar y decidí que tenía que decirle a ese chico que lo amaba, que lo deseaba; y aunque todo me advertía que era una locura, lo enfrenté. Aquél había sido un día lluvioso. Le dije que necesitaba hablar con él, hablar con él en privado. Él convino, y nos fuimos paseando por los prados del campo de golf del club. Creo que fue en una arboleda camino al hoyo cuatro que lo confesé:
— Danny — le dije — Por favor perdona que te diga esto, y no espero que me respondas nada, pero necesito decírtelo... estoy enamorado de ti.
Danny abrió sus ojos negros, profundos, y me miró con sorpresa, y como si fuera para conjurar el momento, los altavoces del campo de golf vocearon una llamada telefónica para él. Comenzamos a caminar hacia la casa-club y no sé ni de qué manera, resbalé y me caí, manchándome de barro hasta las orejas.
¡Me sentía fatal! Todo manchado de barro y de vergüenza me dirigí a mi coche con la intención de largarme de aquel sitio, no sin antes avisarle a mi hermano pequeño que me iba y preguntarle si se quedaba en el club o se iba conmigo.
De Danny no volví a saber. De nuevo, las circunstancias de la vida me alejaron del objeto de mi pasión y mi deseo, pero la revolución había empezado en mi alma y era tiempo que el oscurantismo llegara a su fin. Aquel acto de valentía desencadenó en mí una serie de transformaciones que eventualmente me condujeron a descubrir el amor, el sexo y el placer.
Ese año fue el de mi autodescubrimiento: perdí 30 kilos de peso, comencé mi tratamiento de ortodoncia y con ayuda de mi amigo y terapeuta, Martín de Talavera, logré desbloquear mis prejuicios y mis complejos y desbaratar los mapas mentales que me encasillaban en una conducta autorrepresiva y vejatoria.
Un año después volví a ver a Danny. Fui a acompañar a mi madre a un centro comercial que quedaba cerca de su casa y lo vi pasar cuando estaba aparcando el coche. El corazón se me aceleró. Salí del coche y lo llamé: ¡Danny!
Danny me vio y a duras penas pudo reconocerme.
—¿Oso? ¡Oso! ¡Estás... Delgado!
Sí, estaba delgado, y además, un año en el gimnasio me habían redondeado los bíceps y endurecido los pectorales. Ese día cargaba una polo de rayas amarillas, blancas y azules que me quedaba ajustada y me resaltaba la musculatura. Danny me miraba de arriba a abajo, no podía creer lo que sus ojos le mostraban.
Hablamos un rato allí en la calle. La conversación iba subiendo de temperatura, aunque no recuerdo exactamente qué nos dijimos. Danny seguía siendo un muchacho espectacularmente bello, y el aire de chico universitario lo hacía todavía más apetecible y entonces, sin aviso previo y sin más provocación, Danny me invitó a su casa.
¡Y hubiera aceptado con gusto! Sí, hubiera aceptado de no ser porque mi madre había terminado sus compras y se acercaba peligrosamente al sitio donde estábamos los dos hablando.
Le estreché la mano con firmeza. La suya estaba cálida. Le regalé mi mejor sonrisa y me despedí de él:
— ¡Será otra vez, querido Danny, será otra vez!
mi naturaleza caribeña siempre dispuesta a la "recocha".. en punto d ste post c aplaca.
ResponderEliminaresa auto-negacion q acemos d nosotros mismos cuando descubrimos nuestra escencia es quizas el punto mas critico de nuestras vidas. algunos lo asumimos con mas o menos problemas.. otros c sienten morir y quieren morir..! Como me duele ver q muchos chicos y aun gente adulta c refugian en las drogas y el alchol.. o llegan a verdaderos stados d demencia luchando contra su propia naturaleza. Ni los avances medicos (ya no es enfermedad ser marica) y sociales.. ni el fortalecimiento del movimiento anti-homofobico logran aminorar esa angustia tan terible q bien describes Oso..
e leido muchos blog q x ste teman pasan..
en ste post c expresa con toda crudeza y objetibidad ese (maldito) momento q marca nuestras vidas pra siempre y nos enclaustra en un closet...!
bravo Oso...!
ohhhh mi Dios y si paso algo? quiero saber mas!!!!!!!!
ResponderEliminarMe siento identificado contigo, porque yo paso por ese momento de negación. Aunque poco a poco voy abriendo las puertas. Yo llegue a querer morirme, e incluso en un momento de mi vida adolescente llegue a intentarlo una vez, porque no podía más con la presión, porque no era yo, porque no me quería así.
ResponderEliminarAun hoy, sigo teniendo esos pensamientos, y aunque por alguna razón parece que va cambiando algo (voy a quedar contigo y tu marido a tomar algo), siempre queda el miedo al rechazo, a que alguien de tu pasado venga y se meta contigo, a que digan por ahí.
Yo me enamoré perdidamente cuando era más chico de un compañero del instituto y de ese sufrimiento que se me clavó durante años en el corazón, saque la conclusión, quizas equivocada, de no volver hacerlo, de no intentar entablar amistad con alguien que me pudiera hacer sentir igual, porque me dolió terriblemente.
Un besito....
dios!! simplemente impecable ^^. Yo creo que todos hemos tenido un danny, se lo contamos y pasan de nosotros como de la mierda ¬¬ y despues te lo encuentras ;)
ResponderEliminarun beso oso!!!
PD: me gusta tu forma de escribir, me hace seguir leyendolo todo sin parar y con ansia xD jejeje
Hola Oso,
ResponderEliminarPues un poco como dice Maxx. Todos hemos tenido un Dany en nuestra vida.
El mio se metió en mi corazón y en mi polla durante 4 putos años, aunque es un poco largo de contar.
Pienso que él también estaba enamorado de mi, pero era un tira y afloja para ver quien daba el primer paso. No era una cuestión de armarios, ya que en esa época ( años 80 )en España no había armarios, es decir nadie criticaba a nadie por su actitud u orientación sexual. Era la época de la famosa movida madrileña y por así decirlo ( y lo digo sin exager ) lo que estaba mal visto era ser hetero. Fijaté tú que cambio.
El caso es que ninguno de los dos dimos el primer paso y al igual que a ti, me salieron unos biceps impresionantes, pero solo en el brazo derecho de tantas pajas como me hice.
! Que recuerdos !
Un beso.