sábado, 23 de mayo de 2009

Amor brevis est

Al mismo tiempo que pasaba lo de Alfi y que yo andaba conociendo gente y experimentando sensaciones y emociones en la vida real, por Internet estaba entramándose en mi vida una tupida enredadera de conocidos y amigos, tres de los cuales voy a mencionarles hoy:

Daniel, Daniel y Luis eran tres chiquillos de 16 años que diariamente se conectaban a la red, a ese viejo y nunca bien ponderado sistema llamado Internet Relay Chat, o IRC a secas para sus asiduos, que ya en mis tiempos de estudiante era capaz de saturar el menguado ancho de banda de la universidad de tanta gente que se conectaba.

El IRC fue el precursor del Messenger, de los chat rooms basados en browsers y por extensión de todas las herramientas de interacción persona a persona que hoy en día pululan y tienen hasta videoconferencias.

Y allí, en el IRC, específicamente en dalNet fue donde los conocí. Daniel era un niño flaquito, de aire intelectual y gustos retro. Luis, por el contrario, era un muchachito chispeante, emotivo y adorador de JTT. El otro Daniel era el mejor amigo de Daniel, un niño adorador del mundo de la moda y el Fashion.

En aquella época, pasarle a alguien una foto por internet era casi una proeza tecnológica. La tecnología de fotografía digital estaba en pañales y los scanners a color eran sumamente costosos, así que toda nuestra comunicación era verbal. Ni yo sabía cómo eran Daniel, Daniel y Luis ni ellos cómo era yo.

Aún así, o tal vez por esa causa, Daniel me intrigaba y al mismo tiempo me impresionaba. Era un niño con una mente clara y una conversación deliciosa, que recitaba diálogos de Casablanca y Pygmalion en perfecto inglés británico, en contraste con la lastrante parquedad de Alfi.

Por otra parte, Luis me hacía reir, era un niño muy abierto y divertido, distante de las genialidades intelectuales de Daniel y también de sus anacronismos, pero no por ello menos agradable.

Poco después del cumpleaños número 17 de Daniel y del vigésimoséptimo mío (pues cumplimos años el mismo día) Daniel y su mejor amigo Daniel conspiraron para hacer de celestinas y ver si entre Luis y yo surgía algo. Luis había estado saliendo con otro muchacho mayor, un chico de 24 años, pero habían roto y a Daniel y su mejor amigo les parecía un buen momento para que Luis y yo nos conociéramos. El único problema es que yo vivía en Valencia y todos ellos en Caracas.

Un día me invitaron a pasar un fin de semana en la ciudad. Naturalmente, yo tenía que buscar un hotel y agenciarme medios de transporte y subsistencia porque ninguno de ellos me podía albergar, pero como a mí me entusiasmaba la idea de conocerlos cogí uno de los desperolados burrobuses atómicos extrañopaisanos y me encontré con ellos una fresca mañana de sábado tropical.

Lo que ocurrió entonces estaba más allá de todo lo predecible: en vez de que Luis se interesara por mí, el que se interesó fue Daniel, y al mismo tiempo en mi corazón comenzaron a surgir por él sentimientos y pasiones que habían estado dormidas y silentes como un volcán milenario al que sólo le faltara una pequeña contractura sísmica para explotar.

Pasamos todo el fin de semana los cuatro haciendo cosas: fuimos al cine, paseamos por la ciudad, fuimos de tiendas, comimos helado y a mitad de la mañana del domingo era evidente para todos, incluso para el despistado e inexperto que era yo en ese entonces, que aquel muchacho flaco, blanco, pelinegro y de profundos y pequeños ojos café me miraba alelado, enajenado y casi con adoración. ¡Se había enamorado!

¡Limbo! Esa fue la palabra que se me ocurrió para definir lo que pasaba entre nosotros: yo vivía a doscientos kilómetros y la distancia y la imposibilidad de vernos con frecuencia nos impedía llegar al cielo, pero lo que estábamos sintiendo: esa atracción pura, tierna y casi infantil nos mantenía lejos del infierno de la soledad y la espera.

Y así mismo se lo dije a Daniel ese domingo justo antes de coger el burrobus atómico de regreso a Valencia: "¡Limbo, eres mi limbo porque no podemos ser novios, pero tampoco podemos no ser nada!"
A partir de ese momento los niveles de cursilería hortera y romanticona entre Daniel y yo se salieron de escala: nos poníamos el mismo nombre en IRC agregándole los números 17 y 27, por ejemplo: él Chiguire17 y yo Chiguire27, o usábamos nombres de conocidas parejas de la tele y los teveos como Birdman y Birdboy, superhéroes que hoy en día son ampliamente ridiculizados en las series de dibujos animados para adultos... ¡Así de hortera estábamos!

Durante los siguientes tres meses cada fin de semana yo cogía el burrobus atómico para ir a ver a Daniel, y él se las ingeniaba para que alguno de los pisos, bien el de su madre o bien el de su padre, quedara libre para convertirlo en nuestro nidito de amor por cuarenta horas. Todas las ganas de follar reprimidas en mi cuerpo y mi mente durante trece años las derramé con Daniel durante esos doce fines de semana. Aprendimos juntos cómo cogernos mientras nuestros corazones se compenetraban. Dormíamos largas horas uno junto al otro y así iba todo cada semana: follar y follar una y otra vez, parando sólo para comer y algún domingo de excepción que nos escapamos de paseo como parejita romántica a la Colonia Tovar.

Y entonces todo comenzó a salir mal... Todavía no sé si fue la distancia, mi torpeza o si Daniel se cansó de la naturaleza intensamente sexual de nuestra relación, pero perdió interés en mi y comenzamos a pelear por todo: él buscando regresar a un punto de homeostasis y yo tratando de tener más de él, de acaparar su cariño y su atención y que volviera a mirarme con aquella adoración del primer día.

¡Y se acabó!

Un domingo, después de haber peleado por enésima vez mientras caminábamos por Caracas, ya no recuerdo ni por qué, cogió el metro y se fue a su casa. Yo pasé las tres horas de regreso a Valencia llorando a moco suelto por la carretera. La siguiente vez que hablamos por teléfono todo había terminado y ni siquiera estaba dispuesto a darme una oportunidad.

Me resulta imposible describir la gran tristeza que aquel rompimiento significó para mi. Había estado haciendo planes para irme a vivir y trabajar en Caracas para estar cerca de él y soñaba conque aquel sería el amor para siempre y que iba a ser feliz como nunca antes. No fue así. Me sumí en una profunda depresión que duró algo más de un año, y aunque eventualmente conseguí trabajo en Caracas y me estabilicé en la ciudad a Daniel no lo volví a ver en mucho tiempo.

Posiblemente fue lo mejor: no verlo, no saber de él ni una palabra. Con el corazón roto y lleno de resentimientos, ese año de 1999, a los veintiocho años, comencé mi nueva vida dispuesto a todo. Sin embargo, de mi brevísimo y tórrido romance con Daniel saqué una cosa en claro: que yo estaba muy lejos de ser, como hasta entonces creía, un tipo feo y aborrecible, y que por el contrario era un muchacho atractivo, joven e inteligente y que no era imposible encontrar el amor... ¡O el sexo!

6 comentarios:

  1. Si ya es duro el amor, aun cuando ni tan siquiera a llegado al 1% de efectividad, no me quiero imaginar cuando este es entregado al 100%..

    Un besito

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  2. Hayyy x Dios.. no.. me vas a odiar a mi tmb.. yo nim idea de Casablanca y Pygmalion mucho menos d recitarlo en perfecto ingles britanico... ups..

    bue... si t sirve puedo recitar fragmentos de Florentino y el diablo... del maestro Alberto Alvelo Torrealva q aprendi en Barinas visitando su museo...

    es q a mi tmb solo me falta una pequeña contractura sismica pAra explotar x ti.. lindo..

    claro q eso del imbo si me3 suna familiar... mejor quedemos com stamos... yo me le4vanto un jotica x aqui y consiguete una Ardilla...!

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  3. se quien es el chico de la foto... pero como es posible q tengas una foto d un niño lindo q yo no tenga?

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  4. puff... el final me dejó mal sabor de boca... tengo el corazón echo pedazos... :( muy triste el final, peor serñia para ti, no??

    un beso

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  5. Maxx,

    Sin duda fue algo muy triste en su momento, pero si no hubiera roto con Daniel no me hubieran pasado todas las cosas que me pasaron después, no hubiera conocido a Ardilla y no estaría casado y feliz con él como estoy hoy en día. :)

    ¡La vida da muchas vueltas!

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